Hace exactamente cuarenta años, Silvio Berlusconi (1936-2023) compraba el Milan. Se convertiría en presidente del club el 24 de marzo de ese mismo año, iniciando así una era legendaria, la más laureada en la historia del Diavolo. Hemos elaborado un “Top 10” de las novedades marcadas por el sello de Berlusconi que cambiaron la piel del Milan y del fútbol italiano.

🚁 La presentación al estilo Hollywood
La presentación del Milan en el Arena Civica de Milán fue un evento sin precedentes. Los futbolistas —desde Franco Baresi hasta Dario Bonetti, pasando por Nanu Galderisi y Roberto Donadoni— descendieron de helicópteros ante una multitud en delirio. Fueron presentados como auténticas estrellas de cine por Cesare Cadeo (rostro icónico de Canale 5), mientras el aire se llenaba con las notas de la “Cabalgata de las Valquirias”. Aquel momento quedó grabado como un punto de inflexión en la historia del calcio: la misma énfasis que en Hollywood. Desde entonces, nada volvería a ser igual.
La revolución del calciomercato
Hay un momento muy preciso en el que Berlusconi entró “con los tacos por delante” en el mercado de fichajes y cambió las reglas del juego. Fue a finales de la primavera de 1986, con el “caso Donadoni”. Roberto era la estrella de la Atalanta. Tradicionalmente, el club de Bérgamo traspasaba a sus mejores promesas a la Juventus; la sintonía entre “l’Avvocato” Agnelli y la familia Bortolotti venía de largo.
Berlusconi, de hecho, le arrebató a Donadoni a la Juve. Fue una afrenta, pero también la forma de reafirmar, con la fuerza del parvenu (el “nuevo rico”), que a partir de ese momento ya no contarían las relaciones de cortesía, sino el dinero. Se ha calculado que Berlusconi gastó más de 900 millones de euros a lo largo de toda su aventura al frente del Milan.

Las invenciones de Sacchi y Capello
Premisa: La verdad es que Arrigo Sacchi —por lo que fue y por cómo supo revolucionar el fútbol moderno— se habría inventado a sí mismo. Pero hay que reconocerle a Berlusconi el mérito de haber creído en un entrenador que debutaba en la Serie A, con experiencias marginales entre sectores juveniles y provincias.
Y de haberlo defendido a capa y espada incluso cuando, en las primeras semanas de su primera temporada y tras la eliminación ante el Espanyol en la Copa de la UEFA, crecía el malestar tanto dentro como fuera del vestuario. Esto vale también, obviamente, para Fabio Capello, quien antes de convertirse en un “grande” del banquillo era directivo y se ocupaba de la sección deportiva de Fininvest.

La visión como don a los hinchas
Más que muchos otros de sus colegas presidentes, más que los mecenas que en aquellos años 80 seguían anclados en su “pequeño mundo antiguo” del fútbol, más que cualquier otro; Berlusconi aportó al Milan una visión. Ofreció al pueblo rossonero la hipótesis de un horizonte.
Señaló una meta y se puso en camino, convenciendo a sus seguidores —léase entrenador, futbolistas, aficionados— de que lo siguieran por pura confianza. Y todo esto sin que ellos estuvieran, al menos inicialmente, convencidos del todo: para más información, pregunten a los jugadores de aquel Milan 1986-87, que cuando él hablaba, lo tomaban por loco.

La colección de Balones de Oro
En un momento dado, para un crack de aquellos años, llegar al Milan era una obligación. En el club rossonero terminaban los mejores. Con Berlusconi, los fueras de serie que ganaron el Balón de Oro vistiendo la camiseta del Milan fueron cinco: Gullit (1987), Van Basten (1988, 1989, 1992), Weah (1995), Shevchenko (2004) y Kaká (2007). Pero además, llegaron otros seis que ya lo habían ganado o lo ganarían después: Paolo Rossi (ganador en 1982) al final de su carrera, Papin (1991), Roberto Baggio (1993), Rivaldo (1999), Ronaldo (1997 y 2002) y Ronaldinho (2006).

La fusión entre el fútbol y la política
La famosa “entrada en liza” —la política— de Silvio Berlusconi data de enero de 1994, cuando el empresario anunció el nacimiento de Forza Italia y su candidatura política con el célebre discurso: “Italia es el país que amo”. En marzo llegó al gobierno. Fue decisivo (y así lo registra la historia) su exitoso recorrido al mando del Milan. Es así como Berlusconi construyó una historia épica entre goles y consensos electorales, sondeos y pressing, senadores y campeones, entre el Palacio Chigi (sede del gobierno) y San Siro.

La identidad restituida al público rossonero
Cuando en 1986 Berlusconi se convierte en el propietario del Milan, es necesario recordar que el club estaba al borde de la quiebra. Venía de dos descensos a la Serie B —uno decidido en los despachos tras el escándalo de apuestas Totonero (1980) y otro en el campo (1982)—; no ganaba el título de liga desde la temporada 1978-79, cuando el equipo de Liedholm se bordó la “Estrella” del décimo scudetto en la camiseta, y no levantaba un trofeo en Europa desde 1973, cuando ganó la Recopa. Berlusconi levantó el telón de la edad de oro.

El “hecho en Italia” en Europa
El mérito de haber impuesto un fútbol ofensivo, rompiendo con la tradición de los equipos italianos que iban a Europa a defenderse e intentar ganar al contragolpe, es ciertamente del entrenador (Sacchi) y del equipo; pero hay que reconocerle a Berlusconi el haber sentado las bases para que eso fuera realizable.
Hay un partido de culto: la semifinal de la Copa de Europa en el Santiago Bernabéu, 1-1 contra el Real Madrid (5 de abril de 1989), seguida del legendario 5-0 en la vuelta en San Siro. Y hay un momento épico, el triunfo en la final el 24 de mayo de 1989: 4-0 al Steaua de Bucarest, con el mayor éxodo (80.000 aficionados) jamás visto para un partido de fútbol.

La bacheca que refleja orgullo
Con Berlusconi, el Milan puso en sus vitrinas 29 trofeos. Ocho scudetti: el primero en 1988 con Arrigo Sacchi; el último en 2011, con Max Allegri. Cinco Copas de Europa/Champions League, marcando siempre a fuego el torneo con sus tres entrenadores de culto: Sacchi, Capello y Ancelotti. Y otras copas en Italia y en el extranjero (7 Supercopas de Italia, 1 Coppa Italia, 5 Supercopas de Europa y 3 Mundiales de Clubes), tantas como para alimentar su vanidad y hacerle repetir en cada ocasión que “el Milan es el club más laureado de la historia del fútbol”. No es exactamente así, pero da igual.

El tercer extranjero
Fue una victoria de Berlusconi (y de Galliani). El Milan estuvo en primera línea cuando se trató de presionar para aumentar de dos a tres el número de extranjeros permitidos por cada equipo de la Serie A. Hablamos del verano de 1988, con el Milan de Sacchi como vigente campeón.
Los extranjeros habían regresado al Calcio en 1980 (uno por equipo) y después se había pasado a dos. En 1988, la llegada de Frank Rijkaard, por 5.800 millones de liras procedente del Sporting de Lisboa, se sumó a Ruud Gullit y Marco Van Basten para completar el trío de los “Tulipanes”. Aquel equipo sería recordado para siempre como el “Milan de los Holandeses”.



