En las últimas semanas, su nombre rebota en las redes sociales sobre todo porque los aficionados, en tiempos de gran escasez ofensiva, lo recuerdan como el último delantero rossonero capaz de superar la barrera de los 20 goles en un campeonato (los 28 de la 2011-12, y el lapso de tiempo dice mucho). Por lo demás, Zlatan Ibrahimovic ha desaparecido del escenario del Milan.
De él solo se encuentran algunas fugaces apariciones en redes sociales, en parte para promover sus diversas actividades comerciales y en parte para compartir sus amenos lugares de vacaciones. Hay un vídeo en Instagram de hace unas semanas en el que se relaja en una piscina natural, presumiblemente en algún país oriental, con el texto “Peaceful moment” (momento de paz). Era el 22 de marzo, el día después de la victoria contra el Torino, y “Z” no podía imaginar que ese momento de paz duraría poquísimo, transformándose en una media pesadilla.
Él, a diferencia de quienes trabajan en Milanello y Casa Milan, no tiene la obligación de dar la cara. Al menos, no en términos públicos. La comunicación del sueco cambió radicalmente con la llegada de Igli Tare, que llenó el vacío en el área deportiva y, al mismo tiempo, proporcionó el frontman mediático que faltaba.
Antes se encargaba Zlatan, y llegó un punto en que era evidente que aquello era excesivo: siempre terminaba ante las cámaras él, que técnicamente non es un hombre del Milan, sino que está en la nómina de RedBird. Una vez corregida esta “distorsione” con la llegada de Tare, el exceso se ha convertido en nada. Ha desaparecido de escena, volviendo a esa zona indefinible en la que los aficionados se preguntan qué hace Ibra en términos prácticos.
La gente rossonera querría saber, también por boca de él, qué está pasando en el “Diavolo”. Cuáles son las contramedidas de la directiva para evitar males mayores y cuál sería su receta como viejo lobo del campo. Por ahora, Zlatan sigue un paso por detrás. En gran parte depende de Gerry Cardinale, está claro. El sueco es su “super consultore” de confianza, sus ojos en Milán.
No necesita apariciones públicas obligadas, y cuando el jefe Cardinale está en la ciudad, se le deja campo libre. Ibra no ha dejado de frecuentar Milanello e informa directamente a la propiedad, pero el problema vuelve siempre al campo: se puede diseñar el proyecto más visionario del mundo, pero si faltan resultados deportivos, falta el motor para llevarlo a buen puerto.
- El conflicto de intereses: El texto subraya un punto clave: Ibra no trabaja para el Milan, trabaja para RedBird (la empresa propietaria). Esto crea una barrera jerárquica. Cuando las cosas van mal, él no es un directivo responsable ante la prensa, sino un asesor privado de Cardinale. Para el aficionado, esto se traduce en una sensación de abandono.
- El efecto Tare: La llegada del ex-director de la Lazio, Igli Tare, ha profesionalizado la comunicación. Se acabó el “Show de Ibra” para tapar grietas. El problema es que Tare es un burócrata y el Milan actual, con Leão pitado y Allegri cuestionado, necesita el carisma místico que solo Zlatan posee para calmar las aguas.
- Vacaciones en plena tormenta: Publicar fotos en piscinas naturales mientras el equipo al que asesoras no mete un gol ni al arcoíris es, cuanto menos, un error de relaciones públicas. Refuerza la idea de que la propiedad estadounidense está desconectada del sentimiento pasional de la hinchada italiana.
- La “Receta” perdida: Si Ibra es el “ojo de Cardinale”, ¿qué le está diciendo al jefe? ¿Le está recomendando fichar a Vlahovic? ¿Le está diciendo que el ciclo de Allegri ha terminado? El silencio de Zlatan es más ruidoso que sus gritos en el campo.









