Rafa Leão, desde este punto de vista, puede estar tranquilo. O, mejor dicho: puede tomárselo con filosofía. Porque en San Siro existe una regla no escrita, y además bastante severa: nadie es verdaderamente intocable. Ni siquiera los capitanes.
A lo largo de los años, el público rossonero ha pitado a casi todos: a unos por actuaciones consideradas por debajo del nivel del brazalete, a otros por actitudes o pequeños gestos que no pasaron desapercibidos. Le sucedió a Clarence Seedorf, le sucedió incluso a Paolo Maldini (aunque aquel fue un caso distinto). Y si les tocó a ellos dos, dan ganas de decir: imagínate a los demás. Desde el partido contra el Udinese, Leão ha terminado en esta “lista negra”. Y no es el único.

Empecemos por el final. Rafa Leão está viviendo el periodo más delicado de su carrera. Tras haber arrastrado al Milan hacia el Scudetto en 2022, como MVP del campeonato (11 goles y 10 asistencias), y haber jugado una semifinal de Champions al año siguiente (siendo decisivo en cuartos contra el Napoli), su carrera se ha estancado.
A sus 26 años, Rafa todavía está en fase de maduración, pero las señales que da en el campo no son buenas. Contra el Udinese le costó desbordar a su par, incluso en velocidad. De hecho, en una acción, Kristensen lo frenó en su propio medio campo iniciando el contragolpe del Udinese, que en tres pases dio la vuelta a la jugada rozando el 0-3 incluso antes del descanso. A los 78 minutos llegó el cambio por Loftus-Cheek bajo una atronadora pitada de San Siro, la fotografía de una temporada (otra más) de un “quiero pero no puedo”. La pubalgia es seguramente una coartada, pero no una excusa. Allegri se limitó al habitual abrazo consolador.

El 2 de marzo de hace un año, el Milan perdía 2-1 en casa contra la Lazio en un clima de protesta generalizada. La Curva entró quince minutos tarde, exponiendo una pancarta emblemática: “Solo por la camiseta”.
En aquel partido, Theo Hernández celebraba sus 250 partidos con la camiseta del Milan: un hito que pasó totalmente inadvertido. Durante la lectura de las alineaciones, su nombre fue uno de los más castigados por los pitos de San Siro que, durante el encuentro, no le ahorró nuevas protestas. Fue el enésimo roce de una relación ya deteriorada entre la afición y el francés que, cuatro meses después, se marcharía para volar a Arabia.

De los pitos… a la pelea. El 23 de abril de 2017, el Milan pierde de mala manera en casa contra el Empoli, en una temporada que concluirá en el sexto puesto con Vincenzo Montella en el banquillo. De Sciglio, esa tarde, firma una actuación de horror y en el minuto 71 sale para dejar su sitio a Ocampos. En el momento de abandonar el campo, San Siro sepulta bajo una montaña de pitos a su capitán, decepcionado y amargado. ¿Terminó ahí? Para nada.
Fuera del estadio la situación degenera: algunos aficionados lo esperan a la salida del garaje y rodean el coche. Vuelan insultos, invitaciones poco elegantes a marcharse e incluso golpes en las ventanillas. La tensión sube por las nubes. En un momento dado, el padre del jugador baja del coche para intentar calmar los ánimos… pero es gasolina al fuego.
El punto de ruptura llega cuando alguien lanza una botella de cerveza contra la rueda del coche. Ahí De Sciglio pierde completamente la cabeza: baja del vehículo y se dirige directo hacia quien lanzó el objeto, listo para el enfrentamiento. La intervención de algunos de los presentes logrará bloquearlo todo. En fin, hay domingos mejores…

“Quien ama al Milan lo demuestra con hechos, saludos cordiales a los insatisfechos”. Este era el mensaje, clarísimo, expuesto por la Curva Sud en febrero de 2022, durante un Milan-Sampdoria. Un mensaje directo, sobre todo, a Franck Kessié, que desde hacía semanas vivía una situación de estancamiento ligada a la renovación de su contrato (el jugador pedía una ficha de 8 millones, cifra fuera del presupuesto del Milan).
Esa renovación nunca llegaría. El marfileño, pocos meses después, como vigente campeón de Italia, volaría a Barcelona. En aquel partido, Kessié empezó en el banquillo y su nombre fue pitado dos veces: durante la lectura de las alineaciones y en su entrada al campo en el segundo tiempo.

Hubo un tiempo en el que Clarence Seedorf, un “Bello de Noche” en las veladas de Champions, era pitado por la Curva Sud. Al fin y al cabo, su relación nunca fue del todo idílica. Algunos roces habían comenzado en noviembre de 2007, cuando el ultra de la Lazio, Gabriele Sandri, fue asesinado por un agente de policía en un área de servicio. Seedorf fue el único jugador del Milan que se negó a ponerse el brazalete negro en señal de luto en el siguiente partido contra la Atalanta. “No sabía de quién se trataba. Pido disculpas de nuevo, no fue un gesto contra nadie”, explicó.
En febrero de 2009, marcó un gol al Cagliari tras haber sido sepultado por los pitos de San Siro, que lo criticaba por su excesiva “leziosità” (amaneramiento o falta de concreción) en el campo: “Me he hartado de los pitos. Yo estoy siempre a disposición, me he hartado. El público debe dejar fuera del estadio sus propias sensaciones negativas de la vida”, diría Clarence.

Hubo otro ex capitán rossonero que fue blanco de los pitos de San Siro. Durante un Milan-Spal en diciembre de 2018, en la lectura de las alineaciones, Riccardo Montolivo fue víctima de una oleada de pitos por parte de los 48 mil presentes en las gradas del Meazza. Junto a él, también fueron señalados Higuaín y Bertolacci.
Montolivo, en aquella temporada (2018-2019), estaba viviendo los últimos meses de su carrera, hasta el punto de no jugar ni un solo partido durante todo el año bajo las órdenes de Gattuso. En el punto de mira de los aficionados estaban sus actuaciones de los últimos años, consideradas por debajo del nivel esperado. En junio llegó el adiós, con un toque polémico: “Gracias de parte de un capitán herido”.

Premisa obligatoria: Paolo Maldini y la Curva Sud nunca fueron una pareja sencilla. Una relación intensa, a ratos complicada, pero nunca banal. Perché sí, Maldini escuchó los pitos. Pero no por cómo jugaba (ahí, honestamente, había poco que decir). En el campo era casi siempre impecable, alguien que difícilmente terminaba entre los peores.
El punto era otro: la relación con una parte de la hinchada, hecha de expectativas altísimas y algún roce de más. Llegamos al 25 de mayo de 2009: la última vez de Maldini en San Siro con la camiseta del Milan. Debía ser la clásica noche de lágrimas y ovación infinita. En cambio, el Milan pierde 3-2 contra la Roma y, durante la vuelta al campo final, de la Curva brota una pancarta: “Gracias capitán; en el campo, campeón infinito, pero has faltado al respeto a quienes te han enriquecido”. Y también cayeron algunos pitos, solo para que no faltara nada en el día del adiós.
El clima, en realidad, ya se había quebrado unos meses antes. En febrero, el Milan había quedado fuera de la Copa de la UEFA contra el Werder Bremen, entre protestas y quejas. Al final de aquel partido, Maldini respondió a la Curva con un gesto bastante elocuente: el dedo en la boca, en plan “silencio”.





