El próximo entrenador del Milan podría ser de nuevo un portugués. Después de [los nombres de] Fonseca y Conceição, los rossoneri están a punto de cerrar el fichaje de Rúben Amorim, de 41 años, extécnico del Braga, del Sporting de Lisboa y del Manchester United. Las conversaciones de las últimas horas han ido muy bien; Amorim ha aceptado las condiciones planteadas por el club rossonero y está listo para comenzar. Se trata de un contrato de dos años de duración con opción a un tercero —la misma estructura de contrato que recibió Max Allegri el año pasado—, con la diferencia de que las cifras económicas son más bajas. Amorim percibirá alrededor de 3,5 millones de euros más bonus.
¿Qué falta ahora? El visto bueno final de Gerry Cardinale a la operación. Aunque otros entrenadores han mantenido conversaciones con la propiedad rossonera en los últimos días, esos diálogos cayeron repentinamente en saco roto. Por lo tanto, para concluir el acuerdo definitivo se necesita el “sí” del propietario del fondo RedBird. Y, según las últimas indiscreciones, el luso sería uno de los nombres sugeridos directamente por Zlatan Ibrahimović a su socio americano.
Después de veinte días, el Milan está a punto de elegir al sustituto de Massimiliano Allegri, destituido por el fondo estadounidense junto a Furlani, Moncada y Tare el pasado 25 de mayo. Amorim está muy cerca del banquillo rossonero. El portugués llega tras una experiencia fallida en el Manchester United, pero en su etapa anterior, en el Sporting de Lisboa, se había proclamado campeón de liga en dos ocasiones. Respecto a los otros entrenadores en liza, resulta más sencillo de contratar al encontrarse libre en el mercado, un factor que ha marcado la diferencia en comparación con su competidor directo, Matthias Jaissle, ya que el alemán está sujeto a un contrato en vigor con el Al-Ahli.
Rúben Amorim es hoy el favorito para sustituir a Massimiliano Allegri en el banquillo del Milan de cara a la próxima temporada. El lusitano es uno de esos entrenadores que no se limitan a “gestionar” un equipo, sino que lo transforman imponiendo una idea precisa. Su sello de identidad es la defensa de tres, con el 3-4-2-1 como sistema de referencia. Pero el quid de la cuestión no es solo el dibujo: Amorim quiere un equipo intenso, corto, agresivo, capaz de construir desde atrás y, posteriormente, verticalizar en cuanto se abre el espacio adecuado.
Inmersos en el fútbol de Amorim, los carrileros (i quinti) son fundamentales: aportan amplitud, elevan la línea ofensiva y obligan al adversario a estirarse. En la parcela delantera, por su parte, los dos jugadores situados a la espalda del punta se mueven en los espacios interiores (i mezzi spazi): no son extremos puros, sino mediapuntas o atacantes interiores llamados a recibir entre líneas, combinar con rapidez y atacar el área en cuanto se dan las condiciones. Esto permite entender que la posesión de balón de los equipos del portugués no es lenta; al contrario, sirve para atraer la presión del rival, generar superioridad y luego golpear —preferiblemente de forma letal— en vertical.
A alguien como Rúben Amorim le gustan los equipos agresivos incluso cuando no tienen la pelota. Su propuesta futbolística contempla una presión coordinada, una tras pérdida inmediata tras el extravío del esférico y transiciones veloces, impidiendo así que los adversarios se reorganicen en fase defensiva. Por este motivo, se le puede considerar cualquier cosa menos un técnico conservador o especulativo (attendista): quiere que sus equipos recuperen el balón en zonas altas y golpeen al rival cuando este se encuentre desprotegido.
Para el Milan sería una elección fascinante, pero desde luego no neutra, entre otras cosas porque Amorim aportaría identidad, valentía y una estructura moderna. Ojo, sin embargo, porque es ese tipo de entrenador que necesita perfiles específicos para plasmar su fútbol. Es decir: centrales rápidos, carrileros profundos, mediocentros dinámicos y atacantes capaces de moverse entre líneas. El riesgo es evidente: si el club no le construye un equipo a su imagen y semejanza, el sistema puede volverse rígido, un poco como sucedió en Mánchester, donde no supieron comprender que Amorim no es un normalizador, sino un entrenador de proyecto total.