Luto en la casa del Milan y en todo el planeta fútbol. A los 66 años de edad, cumplidos el pasado 8 de mayo, nos ha dejado Franco Baresi. Así lo ha comunicado el club rossonero: “La Historia del Milan rompe en lágrimas por la pérdida de Franco Baresi. Su ejemplo y su calado humano serán, para siempre como su camiseta número 6, parte integrante y fundamental del ADN y del camino de toda nuestra entidad”.
Operado de un nódulo pulmonar en 2025, el histórico capitán había regresado en diversas ocasiones a San Siro y fue uno de los últimos relevistas en portar la llama olímpica durante la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno Milano-Cortina 2026. Con la elástica del Milan disputó un total de 719 partidos oficiales conquistando seis Scudetti y tres Copas de Europa/Champions League, mientras que con la selección italiana sumó 81 internacionalidades y se proclamó campeón del Mundo en España 1982.
Eterno, incluso cuando ya no está entre nosotros: Franco Baresi ha claudicado en su última y letal batalla. El fútbol italiano e internacional llora su pérdida mientras el Milan se despide de su gran emblema. Una vida de fidelidad absoluta, truncada por una enfermedad que en los últimos años obligó a Franco a una lucha constante, afrontada siempre con la cabeza alta. Se despide así uno de los centrales más determinantes de todos los tiempos, reconocido unánimemente como un modelo a seguir incluso por sus rivales históricos.
Habituado a superar obstáculo tras obstáculo, Baresi demostró una entereza excepcional desde su niñez. Comenzó a despuntar en la Unione Sportiva Oratorio de Travagliato, un pueblo de la provincia de Brescia. Con solo 14 años quedó huérfano de padre y madre, y en 1974 pasó a formar parte de la familia que jamás abandonaría, el Milan, tras el informe del directivo del USO Guido Settembrino.
Caprichos del destino: Beppe, su hermano dos años mayor y aficionado del Milan, ingresó en las categorías inferiores del Inter. Franchino, que había nacido interista, fue reclutado por los rossoneri tras haber sido descartado por el club de sus amores al considerarlo demasiado endeble físicamente. En esa coyuntura, la intuición y astucia de Italo Galbiati, impresionado por la depurada técnica del muchacho, cambiaron el rumbo de la historia.
Pelo rubio a tazón y excelente trato de balón: su apariencia casi efébica y la elegancia de sus controles engañaban con frecuencia a los atacantes, hasta que los sacaba de su error al primer tackle. El masajista Mariconti le impuso un apodo, Piscinin (el pequeño, en dialecto milanés), que acabaría convirtiéndose en su sello inconfundible.
Su primera gran aceleración llegó con Nils Liedholm en el banquillo, quien en 1978 hizo debutar a Franco en la Serie A un 23 de abril. El choque concluyó con triunfo por 2-1 para el Milan, un marcador de buen agüero que para un supersticioso como el “Barón” no era asunto menor. Pero el técnico sueco no lanzó a Baresi al primer equipo como un simple amuleto: apostó firmemente por él hasta convertirlo en uno de los grandes baluartes del curso siguiente, culminado con la conquista de la ansiada décima liga y la tan perseguida “estrella”.
Quedó claro de inmediato que Baresi no se había proclamado campeón de Italia por azar. De hecho, uno de sus grandes valedores fue nada menos que Gianni Rivera, el gran líder que atisbó en el joven zaguero todas las condiciones de un fuera de serie. No se trataba únicamente de un asunto de técnica, sino de jerarquía y genética. Tanto es así que el propio Golden Boy, durante un choque del torneo Ciudad de Milán en San Siro frente al Flamengo, escuchó cómo Baresi le reclamaba: “¿Y bien, me la pasas o no?”. Rivera no se molestó; al contrario, aprobó con nota la osadía de Franchino, intuyendo que aquel líbero de pocas palabras no solo sabía manejar el balón y dirigir la zaga, sino también hacerse respetar. Hasta el punto de que, con tan solo 22 años, Baresi fue nombrado capitán rossonero.
Fueron enormes satisfacciones seguidas, sin embargo, por duros reveses. El primer descenso administrativo tras el escándalo del Totonero supuso un mazazo doloroso. El inmediato retorno a la Serie A le permitió consolidarse en la selección absoluta entrenada por Enzo Bearzot. Franco continuó su línea ascendente, aunque volvió a encajar otro golpe del destino: contrajo un virus que le obligó a permanecer apartado de los terrenos de juego durante tres meses y medio. Múltiples voces cuestionaron su futuro con tan solo 21 años, pero él se rehízo y volvió a la competición con más determinación si cabe.

Aun así, no pudo evitar un nuevo estigma: un segundo descenso en 1982. Pese a ello, fue convocado para la expedición de la Azzurra en el Mundial de España. Baresi acudió como recambio de otro tótem, Gaetano Scirea; no llegó a disputar ningún minuto, pero tocó el cielo al alzarse con la Copa del Mundo en la histórica final de Madrid.
A la sombra del éxito mundialista, Baresi fue pretendido por las grandes potencias europeas al haber alcanzado el estatus de figura emergente. No obstante, a pesar de las tentadoras ofertas de sus competidores, decidió permanecer en el Milan. Su fe inquebrantable fue recompensada con creces en los años posteriores. Franco se mantuvo como el pilar de un vestuario azotado por las continuas marejadas institucionales, hasta que en 1986 irrumpió en escena Silvio Berlusconi. El magnate salvó al club de la quiebra y puso en marcha un ambicioso plan de reestructuración que, de entrada, generó recelos en la propia plantilla.
El otro gran punto de inflexión aconteció en 1987 con la llegada de Arrigo Sacchi. Los inicios con el técnico de Fusignano no resultaron sencillos, pero Baresi pronto se erigió en el más aventajado intérprete del credo futbolístico de Sacchi. Con los fichajes de Gullit y Van Basten, el Milan volvió a conquistar el Scudetto en 1988, y en 1989 —con la adición de Rijkaard— alcanzó la gloria absoluta en la Copa de Europa.
Aquel triunfo histórico sirvió de catalizador para una apisonadora que dominó el continente de forma incontestable, revalidando el título europeo en 1990. Baresi levantó trofeo tras trofeo sin abandonar jamás su compostura: no necesitaba gritar, le bastaba una sola mirada para que sus compañeros supieran exactamente qué hacer sobre el césped. Tal era su entrega y compromiso que afrontó momentos amargos y controvertidos, como la noche del apagón en Marsella, cuando acató las órdenes directas de la directiva y encabezó la retirada del equipo de la cancha del Velódromo.
Tras el relevo de Sacchi por Fabio Capello, Baresi se enfrentó a un nuevo desafío. Muchos analistas daban por amortizados al capitán y a los veteranos de la etapa anterior. Capello tocó el orgullo del líder y de los supervivientes del ciclo de Sacchi, una maniobra que funcionó a la perfección: el Diavolo cosechó otros cuatro Scudetti y la Copa de Europa de 1994.

Entretanto, Baresi siguió acumulando internacionalidades con Italia, siendo una pieza intocable para Sacchi en su rol de seleccionador. Pese a haber anunciado su retirada de la Azzurra en 1992, Sacchi logró convencerle para que diera marcha atrás. Franco lideró al combinado nacional en el Mundial de 1994, donde cayeron amargamente en la tanda de penaltis de la final contra Brasil. Baresi fue el primero en errar desde los once metros y sus lágrimas desconsoladas en directo conmovieron a toda la nación italiana. Hombre reservado pero de profundos sentimientos, formó su familia con Maura —a quien conoció a principios de los 80 en la Toscana—, con quien tuvo dos hijos: Edoardo y Gianandrea.
Tras dejar definitivamente la selección, dispuso de más tiempo para su entorno personal. Se regaló un último gran broche con el Scudetto de 1996, pero el paso del tiempo era inevitable. La campaña 1996-97 arrancó con mal pie con Óscar Washington Tabárez en el banquillo y concluyó de forma amarga en la segunda etapa de Sacchi.
En junio de 1997, Franco Baresi decidió poner punto y final a su trayectoria en los terrenos de juego. En un gesto inédito hasta la fecha, su inconfundible camiseta con el dorsal 6 fue retirada para siempre. Franco asumió la vicepresidencia del club y se hizo cargo de la gestión de la cantera. En 2002 vivió su única experiencia profesional alejado del Milan al firmar como director técnico del Fulham tras su ascenso a la Premier League, una aventura británica que apenas duró tres meses debido a sus desavenencias con el entrenador Jean Tigana.
Desde entonces, el vínculo entre Franco Baresi y el Milan ha sido indisoluble. Y lo seguirá siendo por siempre. Todos en pie para despedir al Piscinin. En una emotiva entrevista concedida a La Gazzetta dello Sport en febrero de 2025, el eterno capitán Franco Baresi rememoraba los orígenes y la profundidad de su vínculo con la entidad rossonera: “Recuerdo haber sido milanista desde niño, de mirar estos colores incluso cuando apenas tenía 10 años. Llegué a Milanello por primera vez con catorce años y me parecía estar entrando directamente en el Paraíso”.
¿Qué ha representado el Milan a lo largo de toda una vida?
“Ha sido mi ancla de salvación. Perdí a mi madre y a mi padre cuando aún era un adolescente y el Milan me acogió, le dio un sentido a todo. La historia entre el Milan y yo es algo difícil de repetir. Creo que existen muy pocas relaciones de esta magnitud: el Milan le dio un sentido a mi vida y juntos volvimos a tocar la gloria y a ganar, en aquellos años dorados con Sacchi”.
“Entre el Milan y yo siempre existió un vínculo de máximo respeto, con sus altos y sus bajos. Mi pensamiento estuvo volcado en todo momento en el equipo y en la institución, jamás en mi beneficio personal, pero todo ese compromiso me fue devuelto con creces. Tuve la inmensa fortuna de cruzarme con las personas indicadas en el momento preciso”.
“Por mi parte, intenté ser siempre un hombre honesto y actuar con la valentía que el club y la afición milanista merecían. En definitiva, el Milan fue mi segunda familia”.
El presidente de la FIGC Giovanni Malagò, el director técnico y presidente del Club Italia Claudio Ranieri y el seleccionador Roberto Mancini lloran la muerte de Franco Baresi, uno de los futbolistas italianos más grandes de todos los tiempos, fallecido hoy a la edad de 66 años.
Nominado en siete ocasiones al Balón de Oro —quedando en segunda posición en 1989 por detrás de Marco van Basten—, el exdefensa del Milan y de la Nazionale ocupa el puesto 33 en la clasificación de los mejores futbolistas del siglo XX elaborada por la IFFHS. Desde 2013 forma parte del Hall of Fame del Fútbol Italiano.
Gran emblema del Milan, club en el que militó durante veinte temporadas conquistando seis Scudetti, tres Copas de Europa, dos Coppe Intercontinentales, dos Supercopas de Europa y cuatro Supercopas de Italia, vistió durante trece años la elástica de la selección italiana —de la que también fue capitán—, proclamándose campeón del Mundo en España 1982.
Con los Azzurri participó en tres Mundiales (1982, 1990 y 1994) y en dos Eurocopas (1980 y 1988), acumulando un total de 81 internacionalidades y un gol.
“El fútbol italiano pierde a una de sus leyendas” —declara el presidente federativo Giovanni Malagò—, “un campeón extraordinario que a lo largo de toda su carrera vistió únicamente dos camisetas: la del Milan y la azzurra. Una elección romántica que lo hizo entrar por derecho propio en el corazón de los aficionados y de millones de italianos. Lo homenajearemos como merece con motivo de los próximos encuentros de la Selección, esa Selección por la que siempre demostró una devoción excepcional hasta convertirse en uno de sus símbolos más gloriosos”.