Todo lo que hizo especial a Baresi

Franchino Baresi era una estrella del cine mudo. Hablaba poco, con su voz grave, sin oscilaciones de tono, y todo lo que necesitaba transmitir, lo transmitía con el cuerpo. Era como esa famosa escultura de Boccioni, “Formas únicas de continuidad en el espacio”, la misma que acabó grabada en las monedas de 20 céntimos: eternamente proyectado hacia adelante en un impulso físico.

Defendía al esprint, aceleraba con el balón en los pies, avanzaba hacia la medular e instantáneamente otros tres seres humanos —su línea defensiva— lo seguían como atraídos por un imán. El ejemplo más plástico de lo que significa el verdadero liderazgo.

No es casualidad que, ahora que ya no está entre nosotros, de Franco Baresi perdure una iconografía tan precisa, mucho más nítida que la de otras leyendas del fútbol. Un Baresi retratado en imágenes que siempre se podrá relatar a los pequeños milanistas, si tienen la paciencia de sentarse a escuchar.

Los niños de los noventa, si querían imitar a Franco Baresi, se sacaban la camiseta por fuera de los pantalones cortos. Entonces, todo el mundo lo entendía al instante. Otros futbolistas esquivaban la moda y las exigencias de algún que otro árbitro, pero en ninguno producía el “efecto Baresi”. Franco llevaba la camiseta larga y los pantalones cortos… hasta el punto de que casi se solapaban.

Ocurría sobre todo con el Milan, mientras que en Estados Unidos ’94 no: allí, curiosamente, Franco llevaba la elástica bien metida dentro del pantalón, vaya usted a saber por qué. Aquel detalle le otorgaba una fuerza única y quienes estuvieron allí aún lo recuerdan: con sus movimientos plásticos, la camiseta ondeaba al viento y se convertía en una auténtica bandera.

Los aficionados rivales decían que el brazo, para Baresi, era un mando a distancia: él lo levantaba y el juez de línea, como por un reflejo condicionado, izaba la bandera. Fuera de juego. Una leyenda urbana con un poso de verdad, como todas las leyendas.

El Milan de Sacchi no inventó el fuera de juego, pero lo convirtió en una trampa letal, como aquella noche en la que el Real Madrid cayó en la celada 23 veces. Veintitrés en 90 minutos.

Baresi jugaba con un segundo de ventaja sobre el resto del mundo: era él, como mariscal de la zaga, quien apreciaba antes que nadie cuándo un delantero estaba a punto de quedar en posición antirreglamentaria, e izaba el brazo derecho como quien responde al pasar lista. “¿Quién le ha hecho esto al pobre delantero?”. “Yo, señor colegiado”.

Hemos visto brazaletes de capitán de todos los tipos y estilos. Javier Zanetti lo llevaba amarillo, a veces enorme, repleto de textos. En el de Totti podías encontrar el escudo de la Roma, el logo del patrocinador y hasta los nombres de sus hijos, Cristian y Chanel.

Baresi no. Su brazalete de capitán era pura sencillez: una tira fina, monocolor, ajustada a mitad del brazo. Casi siempre blanca, o roja en las grandes noches de las finales europeas con la segunda equipación: parecía un trozo de cinta aislante colocado a toda prisa por un masajista justo antes de saltar al césped. Cuando eres capitán por naturaleza, no necesitas ostentar nada.

El pelo de Franco Baresi no era ni largo ni corto. Digamos que era fluido, a veces revuelto, a menudo despeinado, pero desde luego muy suyo: cuesta recordar a otro futbolista con ese mismo corte. Lo llevó siempre de la misma manera y siempre pareció una melena salvaje. Con los años, lógicamente, fue clareando: ya no le caía sobre los ojos y dejaba al descubierto las sienes. Parecía un león más anciano, pero sin dejar de ser jamás el rey de la selva.

La pancarta con el lema “BARESI 6” en la Curva Sud siempre lució espectacular: franjas rojas y negras y, en blanco, su nombre y su número, idéntica a su camiseta. Recordaba a todo el mundo que por allí había pasado el gran capitán. La Serie A introdujo los dorsales fijos y los apellidos en la camiseta en 1995, y a Franchino Baresi le dio tiempo a disputar dos campeonatos bajo este nuevo reglamento, que no hacía más que hacer explícito lo evidente.

Todo el mundo habría sabido quién era Baresi aun sin llevar el apellido estampado en mayúsculas. Todo el mundo lo habría reconocido incluso sin el 6, ese dorsal que le acompañó desde su juventud por ser el número asignado al líbero. Solo en la Selección, Franco lució durante mucho tiempo el 2 —por aquel entonces se repartían en orden alfabético según la demarcación—, hasta que en 1994 Arrigo Sacchi decidió hacer dos excepciones a la regla y asignó de oficio el 6 al capitán y el 10 a Robi Baggio. Franchino debió de agradecerlo.

Cuando Silvio Berlusconi decidió retirar su camiseta, al más puro estilo de los deportes americanos, Baresi no pudo contener la emoción. Él mismo lo rememoraba en años recientes: “Fue algo jamás visto hasta la fecha”. Ese número, vistiendo la camiseta rossonera, no volverá a lucirlo nadie jamás.