Volvemos a las mismas dudas de siempre

La circunspección —más que legítima— que flotaba en el ambiente hasta el otro día se transformó de inmediato en tragedia. Las reflexiones que animan los debates entre los aficionados en la red suelen surgir visceralmente y, bajo ese prisma, el 3-0 encajado frente al Chelsea, por más que suponga una severa llamada de atención, ha adquirido las proporciones de un tsunami del que nada parece salvarse.

Lógicamente el escenario no es tan dramático, pero lo cierto es que el test de Yakarta ha empeorado de forma considerable la percepción popular en torno al Diavolo. Es una simple cuestión de lógica temporal: cuanto más se aproxima el inicio de la competición oficial, mayor debería ser la evolución del equipo. Y no al contrario.

El “crédito” que Gerry Cardinale se había ganado con el fulgurante doble golpe Gonçalo Ramos-Mario Gila parece prácticamente consumido. Al margen de Diawara —concebido como una pieza de fondo de armario—, el mercado de entradas se ha paralizado por completo. El foco de indignación de la hinchada apunta a la confección de una plantilla juzgada todavía como insuficiente e incompleta en diversas demarcaciones. Un vestuario numeroso, sí, pero paradójicamente falto de fondo de armario de calidad.

Rúben Amorim es percibido en este momento como una suerte de víctima propiciatoria que paga las consecuencias de las planificaciones y los banquillos equivocados de los últimos años. Las dianas del malestar son la propiedad y aquellos futbolistas considerados no solo poco funcionales, sino culpables de taponar la llegada de nuevos fichajes.

Las redes sociales echan humo tras el tropiezo en Indonesia. Los análisis de los aficionados reflejan una mezcla de preocupación, resignación y exigencia hacia la cúpula directiva: “Llevamos años en un bucle: contratas a un técnico pregonando confianza en su trabajo, no lo respondes en el mercado, el entrenador se ve obligado a hacer concesiones respecto a su idea de juego, los resultados no llegan y lo destituyes. ¿Podemos romper este bucle de una vez?”, reflexiona un hincha en X.

“A Amorim hay que dejarlo trabajar en paz. Tiene derecho a ello y la directiva debe respaldar a su entrenador. Quien lo critica o desea que se marche en Navidad no es milanista”, añade otro usuario. “Hay futbolistas que no encajan en absoluto con lo que pretende proponer Amorim, pero era algo evidente desde su nombramiento. No entiendo por qué ha querido probarlos o intentar adaptarlos. Sencillamente, no se adaptan”, señala un seguidor.

Mientras el técnico explicaba en la rueda de prensa posterior al choque que “es preferible sufrir ahora que durante la temporada”, el entorno rossonero muestra una inquietud inmediata: “Los amistosos me importan poco, pero hay señales evidentes y son las mismas desde hace años. ¡Hacen falta dirigentes competentes que elijan jugadores de nivel! Hay muchísimo trabajo por hacer tanto en las salidas como en las entradas”.

“Si cambias de proyecto técnico cada año, trabajando en el mercado más con las tripas que con la cabeza, con media plantilla que no tiene sentido que siga en Milanello pero se va a quedar, y con un entrenador fragilísimo: es más fácil hacer un campeonato de comparsa que pelear por algo serio”.

No faltan, sin embargo, voces que piden paciencia y perspectiva histórica para dar margen al nuevo proyecto: “Si queríamos un equipo preparado de inmediato debíamos haber mantenido a Allegri. Un técnico como Amorim necesita al menos un campeonato entero y dos ventanas de mercado para edificar algo sólido. Recordad a Pioli y al Milan hasta el Covid: los equipos competitivos no se construyen en 20 días ni en un solo mercado de verano”.

E incluso hay quien prefiere tirar de ironía ante la zozobra generalizada: “Hacen falta al menos otros 29 o 30 fichajes, la situación es desesperada”. Para colmo de males, apenas un par de horas después del pitido final en Yakarta, Zlatan Ibrahimović publicaba un post en sus redes sociales mostrándose cocinando salchichas en una barbacoa bajo el título “Wild chef” (“Chef salvaje”). Una muestra de oportunidad y tacto mediático que, en mitad de la marejada rossonera, no dejó a nadie indiferente.